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Colibrí y otros cuentos de Liz Osorio

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  Colibrí   Todas las mañanas mi tía dedica horas a sus rosales, sabe que las pequeñas aves se acercan a ellos hasta saciarse. Después escuchamos el tío Juan. Ella lo conoció en un taller literario, la cautivó escucharlo narrar la leyenda del colibrí: por los dioses creado, jade y flecha, tiene por tarea llevar mensajes de amor. Él dice que algunas personas al morir pueden transformarse en un ser diferente para quedarse. Nos mantiene embelesadas con sus relatos, aunque no le creo. Mis tíos, desde muy temprano abren sus ventanas. Después pasan horas sentados en el mueble de petatillo, gotas de tristeza caen sobre sus mejillas, recuerdan el trágico accidente en donde tuve múltiples fracturas y un dedo del pie cercenado. Me hallan entre las flores, agitando mis alas.    ... Nuevo hogar   En la helada planicie, un espectáculo impresionante, miles de aves emperadores forman colonias para mantenerse calientes. Pronto dejará de verse.   ...

Árbol monstruo niño árbol-Mariana Torres

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  Aún no sabemos cómo Óscar llegó a comerse la semilla, ni llegamos a descubrir de dónde la sacó. Tenemos aún menos respuestas para explicarnos cómo pudo el árbol crecerle por dentro, germinar la semilla sin impedimentos, dijo el doctor, en la boca de su estómago, regada solamente por los jugos biliares del niño. Y es que a los siete años, también nos dijo el doctor, los estómagos funcionan así de bien. El cuerpo de nuestro Óscar –aún era nuestro Óscar entonces– permitió que el árbol creciera, que las raíces se extendieran por los intestinos y que el tronco fuera estirándose delgado, ceremonioso, a lo largo del esófago hacia la boca, las ramas buscando la luz del sol. Lo que sí sabemos, o queremos creer, es que el árbol no pretendía hacerle ningún daño, que ese árbol monstruo –como lo llamo a solas cuando me miro al espejo, aún avergonzada por lo que hicimos– le amaba. De alguna forma, Óscar y el árbol monstruo eran una sola cosa, eran parte. Y así las ramas que le crecieron por la...

Pulpo en su tinta y otras formas de morir de Will Rodríguez

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  Pulpo en su tinta (receta para dos) A tía Georgina y sus platillos Disuelvo la tinta en vinagre. Destapo otra lata de cerveza. Salud. Golpeo al pulpo con una botella, quedará más suave; lo lavo con agua y limón. Llegaste muy tarde anoche, imbécil, con perfume, infiel... Salud. Lo meto a la olla caliente, para cocerlo en su jugo. Pongo a tostar cominos, hojas de orégano, clavos, pimientas de la grande y de la chica. Y yo de estúpida cocinando tu platillo favorito, como si no estuviera harta de ti; y de mí contigo... Licuo los condimentos y los mezclo con vino blanco. Le quito la piel al pulpo con indiferencia, la misma que tuve para conquistarte; la mejor receta para atraer a alguien es fingir desinterés. Así llamé tu atención, ¿recuerdas? Tomo el pulpo y lo dejo reposar. Pico un atado de perejil, tres tomates rojos, un pimiento verde, cuatro dientes de ajo y una cebolla grande... Lloro. Salud. Lo único que te interesa de mí es la cocina. Me he puesto gorda gracias a tu pasión...

Igualito al de Jacques-Carlos Chuc

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  A Juanita y Vicentita   Entramos a la heladería. Por mi cumpleaños me dejó comer cuanto helado quise, además me obsequió un libro de Jacques Cousteau. Él fue un buzo que escribía y dibujaba. En el Mar del Sur vio un pulpo del tamaño de su barco; sus tentáculos, a la luz de la luna, parecían una hilera de bombillas verdes. –No hay que creer todo, porque en medio del océano uno puede imaginar cualquier cosa –dijo Carol al notar mi asombro, y me limpió el bigote de coco. El pulpo es un molusco. Hoy que fuimos a la playa lo comí en ceviche. Después fuimos al zoológico. El camello parecía muy triste. Creo que extraña el desierto y a sus amigos, o que alguien le acaricie la joroba. Carol sabe mucho; dijo que se le conoce como dromedario y pertenece a la familia de los rumiantes. Ya en casa y mientras ella se arreglaba, me anunció que Juan vendría con el pastel. –Es mejor que Jacques. En una ocasión, logró pasar un camello por el ojo de una aguja –presumió. Yo estab...

Luna negra-Celia Pedrero

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  Y sintió que le asfixiaba la rutina de su vida, los recuerdos, el pasado, rostros de gusto ácido en la boca. Hijos y marido le habían descuartizado el lado pequeño del cerebro que le permitía pensar. Se sentía como alcancía llena, repleta de domingos, de lunes de clases; una cama para las cogidas, una sonrisa descongelada para los amigos de los sábados por la noche. En el estómago se le revolvieron los pagos vencidos, la lista del súper, la invariable cara de su suegra… Estaba asqueada. Se metió un dedo hasta el principio de la garganta… ¡Qué alivio! Qué bueno vomitar la mar de insatisfacciones. Sin embargo, aún así regresaron los mismos sentimientos, —quizá nunca se irían. La piel quemaba. El cuarto se estrechaba más y más, ¡y ese dolor punzando su cabeza! Abrió la puerta. Caminó la breve distancia a la calle. Allí, respiró hondamente, pero sólo logró hacer palpitar sus sienes, al punto de sentir casi reventar las venas. Pareció entonces que sus piernas cobraron voluntad...

Llamadas telefónicas-Roberto Bolaño

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     B está enamorado de X. Por supuesto, se trata de un amor desdichado. B, en una época de su vida, estuvo dispuesto a hacer todo por X, más o menos lo mismo que piensan y dicen todos los enamorados. X rompe con él. X rompe con él por teléfono. Al principio, por supuesto, B sufre, pero a la larga, como es usual, se repone. La vida, como dicen en las telenovelas, continúa. Pasan los años.       Una noche en que no tiene nada que hacer, B consigue, tras dos llamadas telefónicas, ponerse en contacto con X. Ninguno de los dos es joven y eso se nota en sus voces que cruzan España de una punta a la otra. Renace la amistad y al cabo de unos días deciden reencontrarse. Ambas partes arrastran divorcios, nuevas enfermedades, frustraciones. Cuando B toma el tren para dirigirse a la ciudad de X, aún no está enamorado. El primer día lo pasan encerrados en casa de X, hablando de sus vidas (en realidad quien habla es X, B escucha y de vez en cuando pregunta...

Violeta mortal-Jhonny Eyder

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  La nueva maestra de Geografía rompió la tranquilidad con su llegada al salón de clases. Conmocionó a todo el grupo de estudiantes, en especial a los varones que, incrédulos, admiraron a Violeta Santander dejar sus cosas en el escritorio y sentarse con delicadeza para comenzar la clase. Fue casi de inmediato que los jóvenes se quedaron anonadados ante esa sonrisa de agobiante perfección. A partir de ese día, lo único que él quería era contemplarla; su cabello reluciente y la simpatía que tenía para moverse por todo el frente. Se la cogía con los ojos más que nadie. Cuando Violeta se sentaba en su escritorio todos la aborrecían por su vicio de abrir las piernas. Una invitación descarada o la simple búsqueda de comodidad. Se abría y no cruzaba sus extremidades, pero nunca llevaba falda ni vestido. Por eso los chicos jamás vieron algo que pudiera darles un orgasmo en plena lectura de fenómenos meteorológicos. Él no podía despintar de su cabeza aquellas piernas torneadas, siempre ...

No oyes ladrar a los perros-Juan Rulfo

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-Tú que vas allá arriba, Ignacio, dime si no oyes alguna señal de algo o si ves alguna luz en alguna parte. -No se ve nada. -Ya debemos estar cerca. -Sí, pero no se oye nada. -Mira bien. -No se ve nada. -Pobre de ti, Ignacio. La sombra larga y negra de los hombres siguió moviéndose de arriba abajo, trepándose a las piedras, disminuyendo y creciendo según avanzaba por la orilla del arroyo. Era una sola sombra, tambaleante. La luna venía saliendo de la tierra, como una llamarada redonda. -Ya debemos estar llegando a ese pueblo, Ignacio. Tú que llevas las orejas de fuera, fíjate a ver si no oyes ladrar los perros. Acuérdate que nos dijeron que Tonaya estaba detrasito del monte. Y desde qué horas que hemos dejado el monte. Acuérdate, Ignacio. -Sí, pero no veo rastro de nada. -Me estoy cansando. -Bájame. El viejo se fue reculando hasta encontrarse con el paredón y se recargó allí, sin soltar la carga de sus hombros. Aunque se le doblaban las piernas, no quería ...