La vida clandestina-Silvina Ocampo
—Magdalena cree que la engaño, y la engaño pero de un modo raro —me dijo un día. Hacía poco que nos conocíamos. Yo no sabía quién era Magdalena y la confidencia me pareció estúpida. Otro día lo acompañé al sótano: de ahí se divisaba la escalera, donde retumbaba el eco. Me dijo: —Cuando grito, no es con mis palabras, ni con mi voz, que el eco responde. No sólo eso me da miedo; me dan miedo los espejos, donde no me veo a mí mismo reflejado sino a otro muchacho diferente, totalmente diferente. — ¿Desde cuándo suceden estas cosas? —le pregunté. —Desde siempre. Desde que fui capaz de hablar, de mirar, de distinguir un reflejo de una persona. Por eso nunca pensé libremente en Magdalena, ni pude, acostado con otra mujer, engañarla. Sentí que la voz del eco, que esas palabras que no grité, que esas imágenes del espejo, que no proyecté, se juntaban para formar a un ser infinitamente más vital y más humano que yo y que Magdalena. —No te preocupes —le dije—. El eco tiene una voz...