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Minificciones de Javier Paredes Chi

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  Espumarajos Otra vez el veneno me quedó buenísimo. Todos los invitados han muerto, inclusive, esas personas que meten su cuchara donde nadie los ha llamado. Mi sazón nunca me abandona en estos casos. Los músicos hacen aritmética con los oídos, en cambio nosotros, los artistas del envenenamiento, lo hacemos a través de pizcas, de gotitas, de un poco más o un poco menos; el caso es llegar a la medida perfecta, a ese óptimo que nos prodiga la satisfacción de ver cómo se retuerce la muchedumbre, echando espumarajos por la boca y la nariz hasta desaparecer completamente.   Trayectoria Se mueve muy despacio. Después de muchos siglos, apenas ha recorrido un nanómetro. Esta partícula piensa que su trayectoria es una línea sin curvatura. Cree en el azar y el libre albedrío. Aborrece las doctrinas de la predestinación, pero su movimiento eternamente generará una circunferencia.   Fotografía Nuestra foto salió movida. El día que nos la tomaron, Gertrudis debió disparar...

De Circe a los unicornios de Julio Torri

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  A Circe ¡CIRCE, diosa venerable! He seguido puntualmente tus avisos. Mas no me hice amarrar al mástil cuando divisamos la isla de las sirenas, porque iba resuelto a perderme. En medio del mar silencioso estaba la pradera fatal. Parecía un cargamento de violetas errante por las aguas.      ¡Circe, noble diosa de los hermosos cabellos! Mi destino es cruel. Como iba resuelto a perderme, las sirenas no cantaron para mí. Ensayos y poemas,   1917 De funerales   HOY ASISTÍ al entierro de un amigo mío. Me divertí poco, pues el panegirista estuvo muy torpe. Hasta parecía emocionado. Es inquietante el rumbo que lleva la oratoria fúnebre. En nuestros días se adereza un panegírico con lugares comunes sobre la muerte y ¡cosa increíble y absurda! con alabanzas para el difunto. El orador es casi siempre el mejor amigo del muerto, es decir, un sujeto compungido y tembloroso que nos mueve a risa con sus expresiones sinceras y sus afectos incomprensibles. Lo menos im...

Confesionario breve y otras minificciones - Agustín Monsreal

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  Confesionario breve Es muy raro que yo conteste el teléfono. Por lo general contesta mi mujer; o mi hija. Aunque sea yo quien está más cerca, aunque sea yo quien lo tiene a la mano, ellas tienen que pegar la carrera para contestar. Y cuando estoy solo, y suena, detengo lo que esté haciendo, me pongo en estado de alerta, me le quedo mirando al aparato; pero no contesto. Me desespero, me angustio,    me lleno de miedo; pero no contesto. Me siento el ser más desamparado del mundo. Cuento los timbrazos. A veces uno, dos, tres y se acaba. A veces el sufrimiento se prolonga casi infinitamente. Me pregunto quién será quien llama, ¿por qué?, ¿para qué? ¿Será para mí la llamada? ¿Será algo importante, algo urgente? ¿Y si es buena noticia? ¿Y si llaman de la escuela de la niña, por cualquier cosa? ¿Y si nada más se trata de un equivocación al marcar? ¿Y qué tal si le sucedió algo a alguien de la familia, una enfermedad, un accidente? Por el número de timbrazos trato de adivinar q...