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Mostrando las entradas con la etiqueta cuento fantástico

Habitante de tu reino-Carlos Vadillo Buenfil

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  Fue así como apareciste en el campamento armado en un claro de la selva, atraído por el de los puercos y los pavos de monte que ardían en la leña. La visión de tu pálida presencia, tu sotana convertida en jirones, tus pies rasgados por los cardos y abrojos, tu piel untada del lodo de los pantanos, causaron azoro y espanto entre los chicleros, como un íncubo surgido de las espesuras de la jungla, hasta que uno de ellos se te acercó y a los resplandores del fuego preguntó por tu perseguido, otros insinuaron que eras prófugo de la justicia, nada revelaste, cómo hablarles de Ella, con que palabras describir los oleajes y cataclismos fraguados dentro de su cuerpo, sólo tu voz cortada imploró quedarse, ayudarlos en sus faenas, debajo de un cobertizo te tendieron una hamaca y una manta. Las guitarras quiebran y dispersan zumbidos de moscos y grillos, quejidos de sapos. Siempre rechazaste unirte a los jolgorios, lavabas las ollas, los platos, y sin despedirte te refugiabas en tu choza, n...

La noche-Guy de Maupassant

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  Amo la noche con pasión. La amo, como uno ama a su país o a su amante, con un amor instintivo, profundo, invencible. La amo con todos mis sentidos, con mis ojos que la ven, con mi olfato que la respira, con mis oídos, que escuchan su silencio, con toda mi carne que las tinieblas acarician. Las alondras cantan al sol, en el aire azul, en el aire caliente, en el aire ligero de la mañana clara. El búho huye en la noche, sombra negra que atraviesa el espacio negro, y alegre, embriagado por la negra inmensidad, lanza su grito vibrante y siniestro. El día me cansa y me aburre. Es brutal y ruidoso. Me levanto con esfuerzo, me visto con desidia y salgo con pesar, y cada paso, cada movimiento, cada gesto, cada palabra, cada pensamiento me fatiga como si levantara una enorme carga. Pero cuando el sol desciende, una confusa alegría invade todo mi cuerpo. Me despierto, me animo. A medida que crece la sombra me siento distinto, más joven, más fuerte, más activo, más feliz. La veo espesars...

La vida clandestina-Silvina Ocampo

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  —Magdalena cree que la engaño, y la engaño pero de un modo raro —me dijo un día. Hacía poco que nos conocíamos. Yo no sabía quién era Magdalena y la confidencia me pareció estúpida. Otro día lo acompañé al sótano: de ahí se divisaba la escalera, donde retumbaba el eco. Me dijo: —Cuando grito, no es con mis palabras, ni con mi voz, que el eco responde. No sólo eso me da miedo; me dan miedo los espejos, donde no me veo a mí mismo reflejado sino a otro muchacho diferente, totalmente diferente. — ¿Desde cuándo suceden estas cosas? —le pregunté. —Desde siempre. Desde que fui capaz de hablar, de mirar, de distinguir un reflejo de una persona. Por eso nunca pensé libremente en Magdalena, ni pude, acostado con otra mujer, engañarla. Sentí que la voz del eco, que esas palabras que no grité, que esas imágenes del espejo, que no proyecté, se juntaban para formar a un ser infinitamente más vital y más humano que yo y que Magdalena. —No te preocupes —le dije—. El eco tiene una voz...

Domingo-Guadalupe Nettel

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  Despertó sin las náuseas, con la sensación descansada de quien ha dormido profundamente, pero casi de inmediato, al mirar el cuerpo de la mujer, salió de la cama alarmado. Ella estaba de espaldas, con la cara escondida bajo la almohada, el torso descubierto y las piernas bajo la sábana. Lo único que sabía de ella era que nunca en su vida la había visto. Debió de haber permanecido en el cuarto menos de cinco minutos. Una vez en el pasillo, las preguntas y las recriminaciones se le echaron encima como una carga de gatos enfurecidos. Se preguntó dónde diablos, cómo, cuándo, y se dio cuenta de que no podía responderse. Con pasos aún entumidos por el sueño, atravesó el pasillo, recogió el periódico que lo esperaba debajo de la puerta, leyó la fecha, domingo 2 de noviembre de 1997, el encabezado, «Segunda semana de incertidumbre en Wall Street», y lo dejó sobre la mesa de la cocina sin abrirlo siquiera. Lo mejor que podía hacer ahora era mantener la calma, por lo menos guardar la compo...

La lengua- Horacio Quiroga

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Hospicio de las mercedes... No sé cuándo acabará este infierno. Esto sí, es muy posible que consigan lo que desean. ¡Loco perseguido! ¡Tendría que ver!... Yo propongo esto: A todo el que es lengualarga, que se pasa la vida mintiendo y calumniando, arránquesele la  lengua, y se verá lo que pasa.             ¡Maldito sea el día que yo también caí! El individuo no tuvo la más elemental misericordia. Sabía cómo el que más que un dentista sujeto a impulsividades de sangre podrá tener todo, menos clientela. Y me atribuyó estos y aquellos arrebatos; que en el hospital había estado a punto de degollar a un dependiente de fiambrería; que una sola gota de sangre me enloquecía…             ¡Arrancarle la lengua!...Quiero que alguien me diga qué había hecho yo a Felippone para que se ensañara de ese modo conmigo. ¿Por hacer un chiste?...Con esas cosas no se juega, bien lo sabía él. Y é...

El niño al que se le murió el amigo y otros cuentos - Ana María Matute

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  El niño al que se le murió el amigo Una mañana se levantó y fue a buscar al amigo, al otro lado de la valla. Pero el amigo no estaba, y, cuando volvió, le dijo la madre: «El amigo se murió. Niño, no pienses más en él y busca otros para jugar». El niño se sentó en el quicio de la puerta, con la cara entre las manos y los codos en las rodillas. «Él volverá», pensó. Porque no podía ser que allí estuviesen las canicas, el camión y la pistola de hojalata, y el reloj aquel que ya no andaba, y el amigo no viniese a buscarlos. Vino la noche, con una estrella muy grande, y el niño no quería entrar a cenar. «Entra, niño, que llega el frío», dijo la madre. Pero, en lugar de entrar, el niño se levantó del quicio y se fue en busca del amigo, con las canicas, el camión, la pistola de hojalata y el reloj que no andaba. Al llegar a la cerca, la voz del amigo no le llamó, ni le oyó en el árbol, ni en el pozo. Pasó buscándole toda la noche. Y fue una larga noche casi blanca, que le llenó de polvo ...

Alta cocina- Amparo Dávila

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      Cuando oigo la lluvia golpear en las ventanas vuelvo a escuchar sus gritos. Aquellos gritos que se me pegaban a la piel como si fueran ventosas. Subían de tono a medida que la olla se calentaba y el agua empezaba a hervir. También veo sus ojos, unas pequeñas cuentas negras que se les sallan de las órbitas cuando se estaban cociendo.      Nacían en tiempo de lluvia, en las huertas. Escondidos entre las hojas, adheridos a los tallos, o entre la hierba húmeda. De allí los arrancaban para venderlos, y los vendían bien caros. A tres por cinco centavos regularmente y, cuando había muchos, a quince centavos la docena.      En mi casa se compraban dos pesos cada semana, por ser el platillo obligado de los domingos y, con más frecuencia, si había invitados a comer. Con este guiso mi familia agasajaba a las visitas distinguidas o a las muy apreciadas. “No se pueden comer mejor preparados en ningún otro sitio”, solía decir mi madre, llena de or...

La jaula de la tía Enedina- Adela Fernández

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     Desde que tenía ocho años me mandaban a llevarle la comida a mi tía Enedina, la loca. Según mi madre, enloqueció de soledad. Tía Enedina vivía en el cuarto de trebejos que está al fondo del traspatio. Conforme me acostumbraron a que yo le llevara los alimentos, nadie volvió a visitarla, ni siquiera tenían curiosidad por ella. Yo también le daba de comer a las gallinas y a los marranos. Por éstos sí me preguntaban, y con sumo interés. Era importante para ellos saber cómo iba la engorda; en cambio, a nadie le interesaba que tía Enedina se consumiera poco a poco. Así eran las cosas, así fueron siempre, así me hice hombre, en la diaria tarea de llevarles comida a los animales y a la tía.      Ahora tengo diecinueve años y nada ha cambiado. A la tía nadie la quiere. A mí tampoco porque soy negro. Mi madre nunca me ha dado un beso y mi padre niega que soy hijo suyo. Goyita, la vieja cocinera, es la única que habla conmigo. Ella me dice que mi piel es negra p...