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Destinitos fatales-Andrés Caicedo

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I   A un hombrecito le gusta el cine y llega y funda un cine club, y lo primero que hace es programar un ciclo larguísimo de películas de vampiros, desde Murnau y Dreyer hasta Fisher y ese film que vio hace poco de Dan Curtis. Al principio hay mucha acogida y todo: el teatro se llena. Pero semana tras semana va bajando la audiencia. Como se sabe, el público cineclubista está compuesto en su mayoría por gente despistada que acude a ver acá «el cine de calidad» que no puede ver en los teatros cuando estos sólo exhiben vaqueros y espías; imbéciles que abuchean una película de John Ford con John Wayne «porque el ejército de ee uu siempre mata muchos indios», que le dicen imbécil a Jerry Lewis. Esa gente cómo le va a coger la onda a los vampiros, no falta por allí uno que insulte al hombrecito del cine club por estar exhibiendo cosas de estas cuando los estudiantes luchan en las calles, gente que únicamente sueña de noche y que siempre duerme bien y al otro día se despiertan y pue...

No oyes ladrar a los perros-Juan Rulfo

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-Tú que vas allá arriba, Ignacio, dime si no oyes alguna señal de algo o si ves alguna luz en alguna parte. -No se ve nada. -Ya debemos estar cerca. -Sí, pero no se oye nada. -Mira bien. -No se ve nada. -Pobre de ti, Ignacio. La sombra larga y negra de los hombres siguió moviéndose de arriba abajo, trepándose a las piedras, disminuyendo y creciendo según avanzaba por la orilla del arroyo. Era una sola sombra, tambaleante. La luna venía saliendo de la tierra, como una llamarada redonda. -Ya debemos estar llegando a ese pueblo, Ignacio. Tú que llevas las orejas de fuera, fíjate a ver si no oyes ladrar los perros. Acuérdate que nos dijeron que Tonaya estaba detrasito del monte. Y desde qué horas que hemos dejado el monte. Acuérdate, Ignacio. -Sí, pero no veo rastro de nada. -Me estoy cansando. -Bájame. El viejo se fue reculando hasta encontrarse con el paredón y se recargó allí, sin soltar la carga de sus hombros. Aunque se le doblaban las piernas, no quería ...

Colinas como elefantes blancos-Ernest Hemingway

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Las colinas  que cruzaban el valle del Ebro eran largas y blancas. De este lado no había sombras ni árboles y la estación se hallaba al sol, entre dos líneas de rieles. Pegada al costado de la estación estaba la umbría tibia del edificio y una cortina, hecha de cuentas de bambú en ringleras, colgaba en la puerta abierta del bar, para dejar fuera las moscas. El norteamericano y la chica que lo acompañaba estaban en una mesa a la sombra, afuera del edificio. Hacía mucho calor y el expreso de Barcelona vendría en cuarenta minutos. Se detenía en este empalme dos minutos, para luego seguir hasta Madrid. —¿Qué beberemos? —preguntó la chica. Se había quitado el sombrero, dejándolo sobre la mesa. —Hace mucho calor —dijo el hombre.— Bebamos cerveza. —Dos cervezas —dijo el hombre en dirección a la cortina. —¿Grandes? —preguntó una mujer desde el umbral. —Sí, grandes. La mujer trajo dos vasos de cerveza y dos posavasos de fieltro. Puso los posavasos y los vasos de cerveza sobre la...

Las formas irregulares del W.C. - Daniel Sibaja

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  Entonces sentí que tenía que escoger entre mis dos naturalezas. Estas tenían en común la memoria pero compartían en distinta medida el resto de mis facultades.   La confesión de Henry Jekyll, Robert Louis Stevenson Cada quien recuerda exactamente la puerta de su propio baño. Esta es la mía. Al principio yo era el ser más ingenuo de la casa, mis hermanos se pasaban horas frente a la televisión, papá estaba ausente, de viaje, como de costumbre, y el perro se escondía adentro de una cubeta de pintura. Ingenuo y frágil, así alguien lo quiso: la marioneta de ese show en una posición vulnerable. Fue a principios de los dos mil, dos mil cuatro, o tres. No importó la cifra.   Todos los días, en cualquier esquina y sobre la losa de baño, las huellas de mi infancia desaparecieron al igual que los cabellos al fondo del desagüe. A la hora exacta en la que mamá salía del trabajo y recorría el camino de vuelta, las manos de Rosita hacían una limpieza obsesiva en mí. Alrededor de l...

Sumas y Jabones-Meryvid Pérez

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  Doña Jacinta sabe hacer muchas cosas: corta leña, arranca hierba mala, arma compostas y mata cerdos. Ellos intentan defenderse, pero doña Jacinta les amarra las patas y clava un punzón en sus pechos. Todo ocurre tan rápido que de un momento a otro los chillidos se transforman en silencio. Nos mudamos a este pueblo por el trabajo de mamá. Ella, junto con otros maestros, enseña a los niños a sumar y leer. A mamá y a mí nos agrada vivir aquí porque no hay tanto ruido como en la ciudad y porque los animales   caminan felices por la calle. Cuando llegamos no sabíamos dónde com prar carne, pero después de preguntar, la gente nos envió con don Bery. Él tiene la única carnicería del pueblo, y su esposa, doña Jacinta, hace las tortillas más ricas que alguien pueda probar. Doña Jacinta es mi nana, vive a ladito de la casa que mamá y yo rentamos. Además de vender tortillas, doña Jacinta borda con los hilos que guarda e...