Una amistad sincera - Clarice Lispector
No es que fuésemos amigos desde hacía mucho tiempo. Nos conocimos tan solo en el último año de la escuela. Desde ese momento estábamos juntos a cualquier hora. Hacía tanto que necesitábamos a un amigo que nada había que no nos confiáramos el uno al otro. Llegamos a un punto de amistad en que ya no podíamos esconder un pensamiento: enseguida uno llamaba por teléfono al otro, marcando una cita inmediata. Después de la charla, nos sentíamos tan contentos como si nos hubiéramos regalado a nosotros mismos. Ese estado de comunicación continua llegó a tal exaltación que, el día en que nada teníamos para confiarnos, buscábamos con cierta aflicción un asunto. Solo que el asunto tenía que ser serio, pues no cabría en cualquiera la vehemencia de la sinceridad experimentada por primera vez. Ya en ese tiempo aparecieron las primeras señales de perturbación entre nosotros. Algunas veces uno llamaba por teléfono, nos encontrábamos, y nada teníamos que decirnos. Éramos muy jóvenes y no sabíamo...