Cascada - Ricardo Guerra de la Peña
Mamá nos llevó a pasar unos días a la Torre de Acapulco durante las vacaciones de verano del 97. Papá no nos acompañó por una supuesta entrevista de trabajo. Desde el balcón del departamento, que nos solía prestar mi abuelo, se alcanzaba a ver hasta qué parte la playa se convertía en selva. Desde ahí fantaseaba con lo impresionados que estarían mis maestras y compañeros de la primaria si pudieran ver lo que yo. Quería que supieran que pese a llegar en un carro jodido y vivir lejos de las zonas bonitas de la Ciudad de México, mi hermano y yo no podíamos ser los alumnos más pobres del colegio si teníamos la mejor vista de Acapulco. Mamá bajaba antes del amanecer para apartar con toallas tres camastros frente a una alberca gigantesca. Podíamos tardar hasta media hora en recorrerla cuando jugábamos al taxi. Yo me sujetaba de un chorizo flotador que mi hermano, asumiendo el papel de chofer, jalaba alrededor de la alberca. El viaje terminaba cuando llegábamos a la parte más honda, en...