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Mostrando las entradas con la etiqueta Cuentos

El polvo azul- José Emilio Pacheco

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  El hombre se incorporó del piso que había estado observando: —Las deyecciones son recientes. Aquí vive una familia. El campo de acción de los ratones nunca es mayor de cuatro o cinco metros. No se aventuran fuera de sus dominios.   —Entonces los otros cuartos también están invadidos. —Allí medran ratones que no han pisado nunca este suelo… Hizo bien en llamarnos antes de que los estragos fueran irreparables. Como usted sabe los ratones se propagan con una rapidez increíble. Muchas veces las hembras de veinte días de nacidas ya están cargadas cuando salen por vez primera del nido. —Y su producto… —Nuestra fórmula asegura el exterminio inmediato. Esparciré este polvo en la entrada de los agujeros y por los caminos que recorren sus habitantes. El ratón es un animalito muy pulcro: gasta la mayor parte de su tiempo limpiándose. Cuando el polvo se disuelve en la saliva comienza a licuarse la sangre. Usted no verá cadáveres en la superficie: al sentir el malestar, que con...

Mariana constrictor-Guillermo Fadanelli

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          Mariana mudó de carácter un jueves a las cuatro de la tarde, una hora, por cierto, en que casi nadie se halla dispuesto a hacer nada. Si las razones de su muda fueran conocidas se resolverían varios enigmas científicos y filosóficos. Quiero decir que el esfuerzo empeñado en conocer el maldito origen de su temperamento bastaría para encontrar remedio a las leyes de la termodinámica. No existe manera de saber por qué su semblante pausado y sabio se transformó de pronto en un temperamento amargo como el té de alcachofa, un humor agresivo a juzgar por los puntapiés que me da en los tobillos cuando se encabrona y quiere morirse. Mudó de piel como lo haría una boa constrictor. Y no por ello voy a cometer el desaguisado de llamarla «la Boa Mariana», ni nada parecido, nada de «la pinche víbora que patea los tobillos» o «la zorra que se arrastra como víbora»; no voy a decir cosas así, aunque no dejo de pensar que se trata de una buena comparación, no demas...

Concéntricos-Roberto Azcorra Cámara

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  Lo vi tendido en su camastro de hospital. La cabeza afeitada, zurcida y oliendo a éter y alcohol. Muy pocas partes del cráneo conservaban el pelo blanco. Ligeramente desteñida, la bata verde exhibía fantasmas de fluidos anteriores. Los pómulos pronunciados, las ojeras oscuras, la piel trasluciendo el paso del suero; un cristo sin cruz en el neuropsiquiátrico. Era mi abuelo, internado seis meses atrás sin pronósticos alentadores.             El calor de mayo condensaba la humedad en el cristal de la ventana, ocultándonos del exterior. El aire acondicionado no era el óptimo. El bochorno, guardado, entre drogas, frascos y sábanas otrora blancas, comenzaba a cubrir la diminuta habitación. Pareció llegar la noche con la brisa ardiente de la calle; de improviso, espesa, arrastrándose sobre los ladrillos sucios del hospital y sus corredores sin eco.             Ya no quise salir...

La noche-Guy de Maupassant

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  Amo la noche con pasión. La amo, como uno ama a su país o a su amante, con un amor instintivo, profundo, invencible. La amo con todos mis sentidos, con mis ojos que la ven, con mi olfato que la respira, con mis oídos, que escuchan su silencio, con toda mi carne que las tinieblas acarician. Las alondras cantan al sol, en el aire azul, en el aire caliente, en el aire ligero de la mañana clara. El búho huye en la noche, sombra negra que atraviesa el espacio negro, y alegre, embriagado por la negra inmensidad, lanza su grito vibrante y siniestro. El día me cansa y me aburre. Es brutal y ruidoso. Me levanto con esfuerzo, me visto con desidia y salgo con pesar, y cada paso, cada movimiento, cada gesto, cada palabra, cada pensamiento me fatiga como si levantara una enorme carga. Pero cuando el sol desciende, una confusa alegría invade todo mi cuerpo. Me despierto, me animo. A medida que crece la sombra me siento distinto, más joven, más fuerte, más activo, más feliz. La veo espesars...

Colinas como elefantes blancos-Ernest Hemingway

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Las colinas  que cruzaban el valle del Ebro eran largas y blancas. De este lado no había sombras ni árboles y la estación se hallaba al sol, entre dos líneas de rieles. Pegada al costado de la estación estaba la umbría tibia del edificio y una cortina, hecha de cuentas de bambú en ringleras, colgaba en la puerta abierta del bar, para dejar fuera las moscas. El norteamericano y la chica que lo acompañaba estaban en una mesa a la sombra, afuera del edificio. Hacía mucho calor y el expreso de Barcelona vendría en cuarenta minutos. Se detenía en este empalme dos minutos, para luego seguir hasta Madrid. —¿Qué beberemos? —preguntó la chica. Se había quitado el sombrero, dejándolo sobre la mesa. —Hace mucho calor —dijo el hombre.— Bebamos cerveza. —Dos cervezas —dijo el hombre en dirección a la cortina. —¿Grandes? —preguntó una mujer desde el umbral. —Sí, grandes. La mujer trajo dos vasos de cerveza y dos posavasos de fieltro. Puso los posavasos y los vasos de cerveza sobre la...

Oficios marinos-Ana Clavel

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  Era alto y erecto como la verga de un barco. Su profesión no estaba relacionada, sin embargo, con la marina sino con la medicina. Fue mi ginecólogo cuando estuve embarazada. Tenía manos grandes y dedos largos que palpaban mi interior. Sus ojos presagiaban la melancolía del marino que ha hurgado todos los mares en busca de la imposible perla de los vientos. . . Qué remedio: lo amé desde el fondo de mis entrañas. Nos citábamos cada mes; después, cada semana. No era yo la única que suspiraba. En la sala de espera del consultorio otras mujeres, flanqueadas por maridos ingenuos, aguardaban ansiosas su profanación. Una vez, cercano el parto, me auscultó y mi vientre curvo se precipitó en leves oleajes. Su rostro emergió de excitación entre mis piernas mientras deslizaba dos de sus largos dedos. "Ya casi. . . ", susurró a modo de promesa. Yo quería estar en mis cinco sentidos cuando tuviéramos por fin el esperado encuentro: deseaba un parto psicoprofiláctico, sin anestesia, sin la...

El coloso y la luna- Socorro Venegas

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  Se desliza por su cuerpo de gigante la luz blanca, igual que el sueño en los ojos muy abiertos de la niña. Al fondo de la mirada de Andrea hay un hombre inmenso sentado a la orilla de la tierra, la cabeza ladeada hacia la luna. ¿De dónde vino este coloso para habitarle el sueño? Está cansada. Apenas parpadea. Y en su boca hay un sabor amargo y seco. Todo el día buscó a su padre, caminó por las calles de su barrio, entró en las cantinas, tocó las puertas de cada conocido y recibió las negativas. No le importaba mucho hallarlo, pero su madre se pondría furiosa si no lo llevaba de vuelta. La pesquisa la hizo explorar más allá del barrio, territorio desconocido. En el límite entre su calle y la otra unas niñas jugaban rayuela. Andrea quiso dejar a la suerte la decisión de ir más lejos o volver a casa sin novedad, entonces escucharía los insultos de su madre, quien luego se echaría a llorar lamentándose por la hija tan inútil que tenía, la amenazaría con sacarla de la primaria y p...

Inés no da entrevistas-Mónica Lavín

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  Abrí el paquete de libros, ansiosa por el estreno de un nuevo título. Allí estaba Desarraigos , con una portada sobria, pero era otro el nombre de la autora. Inquieta, desenfundé el ejemplar: en la solapa, la foto de la autora confirmaba que no era yo. Un retrato en blanco y negro de una mujer que más parecía una diva de los años cincuenta que escritora del siglo XXI revelaba el hombro descubierto del que seguramente era un vestido de noche, una gargantilla de brillantes diminutos, o lo que eso parecía, un largo cuello despejado y un rostro de pómulos notables y boca carnosa, bien enmarcado por el pelo, recogido en un chongo elegante. No era mi nombre ni era yo, ni siquiera en el pasado. Eso era un timo. No quise leer la breve semblanza de un párrafo que revelaba la juventud de la autora y hablé a la editorial, indignada. Los demandaría. Verifiqué que el texto del libro fuera el mío; tal vez alguien había coincidido en el título, cosa dudosa, pero el arranque preciso —que hice y ...