Calle de arena- Carlos Martín Briceño
Evitaba intimar con los clientes, por eso prefirió contestar con monosílabos al viejo calvo que se empeñaba en hacerle plática mientras conducía con lentitud por la autopista de cuatro carriles. Había dudado en aceptar cuando, minutos antes, él detuvo el auto y le hizo señas para que se acercara. Finalmente se arrimó resignada hasta la puerta: iban a dar las tres de la mañana, comenzaba a lloviznar y se sentía muy débil como para esperar un taxi que la llevara a la ciudad. Sádico, de seguro, pensó al observar la forma en que el tipo arqueaba las cejas canosas cuando le miraba las piernas. Tres años en el negocio le habían dado cierta experiencia para distinguirlos, para adivinarles en los gestos la maldad disimulada. — ¿Puedo? —dijo ella, mientras alargaba la mano hacia una cajetilla de cigarros sobre el tablero del auto. ...