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Oficios marinos-Ana Clavel

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  Era alto y erecto como la verga de un barco. Su profesión no estaba relacionada, sin embargo, con la marina sino con la medicina. Fue mi ginecólogo cuando estuve embarazada. Tenía manos grandes y dedos largos que palpaban mi interior. Sus ojos presagiaban la melancolía del marino que ha hurgado todos los mares en busca de la imposible perla de los vientos. . . Qué remedio: lo amé desde el fondo de mis entrañas. Nos citábamos cada mes; después, cada semana. No era yo la única que suspiraba. En la sala de espera del consultorio otras mujeres, flanqueadas por maridos ingenuos, aguardaban ansiosas su profanación. Una vez, cercano el parto, me auscultó y mi vientre curvo se precipitó en leves oleajes. Su rostro emergió de excitación entre mis piernas mientras deslizaba dos de sus largos dedos. "Ya casi. . . ", susurró a modo de promesa. Yo quería estar en mis cinco sentidos cuando tuviéramos por fin el esperado encuentro: deseaba un parto psicoprofiláctico, sin anestesia, sin la...

El recado-Elena Poniatowska

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  Vine Martín, y no estás. Me he sentado en el peldaño de tu casa, recargada en tu puerta y pienso que en algún lugar de la ciudad, por una onda que cruza el aire, debes intuir que aquí estoy. Es este tu pedacito de jardín; tu mimosa se inclina hacia afuera y los niños al pasar le arrancan las ramas más accesibles… En la tierra, sembradas alrededor del muro, muy rectilíneas y serias veo unas flores que tienen hojas como espadas. Son azul marino, parecen soldados. Son muy graves, muy honestas. Tú también eres un soldado. Marchas por la vida, uno, dos, uno, dos… Todo tu jardín es sólido, es como tú, tiene una reciedumbre que inspira confianza. Aquí estoy contra el muro de tu casa, así como estoy a veces contra el muro de tu espalda. El sol da también contra el vidrio de tus ventanas y poco a poco se debilita porque ya es tarde. El cielo enrojecido ha calentado tu madreselva y su olor se vuelve aún más penetrante. Es el atardecer. El día va a decaer. Tu vecina pasa. No sé si me habr...

Cascada - Ricardo Guerra de la Peña

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  Mamá nos llevó a pasar unos días a la Torre de Acapulco durante las vacaciones de verano del 97. Papá no nos acompañó por una supuesta entrevista de trabajo. Desde el balcón del departamento, que nos solía prestar mi abuelo, se alcanzaba a ver hasta qué parte la playa se convertía en selva. Desde ahí fantaseaba con lo impresionados que estarían mis maestras y compañeros de la primaria si pudieran ver lo que yo. Quería que supieran que pese a llegar en un carro jodido y vivir lejos de las zonas bonitas de la Ciudad de México, mi hermano y yo no podíamos ser los alumnos más pobres del colegio si teníamos la mejor vista de Acapulco. Mamá bajaba antes del amanecer para apartar con toallas tres camastros frente a una alberca gigantesca. Podíamos tardar hasta media hora en recorrerla cuando jugábamos al taxi. Yo me sujetaba de un chorizo flotador que mi hermano, asumiendo el papel de chofer, jalaba alrededor de la alberca. El viaje terminaba cuando llegábamos a la parte más honda, en...