Árbol monstruo niño árbol-Mariana Torres
Aún no sabemos cómo Óscar llegó a comerse la semilla, ni llegamos a
descubrir de dónde la sacó. Tenemos aún menos respuestas para explicarnos cómo
pudo el árbol crecerle por dentro, germinar la semilla sin impedimentos, dijo
el doctor, en la boca de su estómago, regada solamente por los jugos biliares
del niño. Y es que a los siete años, también nos dijo el doctor, los estómagos
funcionan así de bien. El cuerpo de nuestro Óscar –aún era nuestro Óscar entonces– permitió que el
árbol creciera, que las raíces se extendieran por los intestinos y que el
tronco fuera estirándose delgado, ceremonioso, a lo largo del esófago hacia la
boca, las ramas buscando la luz del sol. Lo que sí sabemos, o queremos creer,
es que el árbol no pretendía hacerle ningún daño, que ese árbol monstruo –como lo llamo a solas cuando me
miro al espejo, aún avergonzada por lo que hicimos– le amaba. De alguna
forma, Óscar y el árbol monstruo eran una sola cosa, eran parte. Y así las ramas
que le crecieron por la garganta nunca le atravesaron el pecho sino que, con
paciencia, se fueron haciendo hueco. Siempre sin molestar. Siempre sin dañar.
Aunque desde fuera pareciese lo contrario.
No era un árbol al uso, con hojas y madera corriente, la madera del
árbol monstruo era tan flexible como un músculo esquivo, de un color que se
asemejaba a las vísceras. Las hojas eran finísimas y tan verdes como deben ser
las hojas, pero solo hasta la mitad, desde el pecíolo estaban regadas por unos
capilares microscópicos que, sin notarse apenas, teñían la mitad inferior de la
hoja con un tono rojizo, como un atardecer.
Tardamos bastante en darnos cuenta de todo esto porque a nuestro Óscar
la invasión del árbol monstruo no parecía producirle más que alegría. Aquellos
primeros días muchos de nosotros lo vimos hermoso y más saludable que nunca. El
niño aburrido y enfermizo que era se convirtió en un niño espléndido, lleno de
energía. No paraba quieto. Sus mejillas, habitualmente pálidas, estaban más que
rosadas, los ojos le brillaban como nunca. Es cierto que la piel, si le
mirábamos a ciertas horas del día, tenía un leve tono verduzco, pero no quisimos
preocuparnos por una nimiedad de ese tipo. Fue el primero de nuestros errores. Tampoco
quisimos obligarle a quitarse ese gorro que llevaba encajado en la cabeza, del
que no se separaba ni para dormir y ya apestaba un poco a humedad.
Interpretamos todo aquello como las rarezas habituales de un niño corriente.
Descubrimos el árbol el día que Óscar abrió la boca para gritarnos y,
en lugar de un grito, le salió una flor. Era una flor dorada y húmeda, aún
pequeña y cerrada, como si tuviera miedo a abrirse. En cuanto Óscar se dio
cuenta de que queríamos cortarla cerró la boca y se negó a decir nada más.
Hasta que no escondimos las tijeras de podar y nos alejamos a una distancia
prudente, no volvió a abrir la boca. Cuando lo hizo la flor volvió a salir,
algo más atrevida esta vez, y se abrió solo un poco, comprobando que nadie
quería arrancarla del niño. Ese mismo día Óscar se quitó el gorro que llevaba semanas
calzado a la cabeza para mostrarnos las ramas que ya le salían de las orejas,
flexibles y jóvenes, con brotes de hojas nuevas.
–Necesitan luz.
Es todo lo que nos dijo, toda la explicación que nos dio. Sacudió la
cabeza feliz de poder agitar sus ramas sin pudor. Nosotros estábamos tan sorprendidos
que debimos incluso dejar de respirar. Algunos de nosotros vomitamos. Los demás
nos echamos a llorar. Óscar fue consolándonos a todos, como si de repente los papeles
se hubieran invertido y nosotros fuéramos los niños a los que había que cuidar.
Sobre todo nos hizo prometer que nunca, pasara lo que pasara, le llevaríamos a
ver a ningún médico. Que nunca ningún doctor le examinaría.
Desde el descubrimiento del árbol algunas de nuestras costumbres
cambiaron. Los horarios, por ejemplo, las horas de luz eran tan necesarias para
Óscar que aprendimos a repartirnos los paseos al exterior entre todos para que
el niño siempre estuviera acompañado de un adulto. A veces uno de nosotros
sorprendía a Óscar acariciándose suavemente el estómago. Nunca se quejó de
ningún dolor, y hasta hoy nos preguntamos si por miedo a una posible visita al
médico, o porque era un dolor de esos tan intrínsecos a la vida que llegan a
fascinar y sufrirse por partes iguales. En los siguientes meses el árbol creció
muchísimo, más de un metro por encima de su cabeza. El gorro, perdido ya en la parte
más alta del árbol, debió llegar a albergar un nido de pájaros. El niño incluso
tenía que doblarse para entrar en su habitación. A pesar de las ramas y las
hojas y todo lo que no podíamos a ver a causa de la altura, aquello no parecía
pesarle a Óscar. Nunca llegamos a entender esa simbiosis. Era solo como si el
mundo se le hubiera hecho, de repente, más pequeño.
Por las noches entrábamos a su habitación sin que nos viera para
observarlo mientras dormía. Nos llegó a gustar asistir a ese momento previo al
sueño profundo, cuando las flores cerradas salían de su boca y se acomodaban a
ambos lados de la cabeza de Óscar, abrazando y protegiendo. Si el niño era
víctima de un mal sueño y se movía agitado, en seguida una de las flores se
despertaba para acariciarle la mejilla, calmándolo. También éramos testigos de cómo,
todas las noches, cuando el niño ya estaba total y profundamente dormido, empezaba
a llorar. Óscar lloraba sin aspavientos durante horas, sin ruidos, sin mocos.
De sus ojos caían ríos de agua salada que empapaban las sábanas y las ramas del
cuello y las hojas bajas. Y, aunque Óscar parecía dormir tranquilo, teníamos la
permanente sensación de que en cada una de esas lágrimas se le escapaba un poco
de vida. Eso sí, cada mañana nada malo parecía haber ocurrido, el niño
solicitaba varios vasos de agua fresca, echaba un bostezo largo y después se
frotaba los ojos y las hojas y todo el cuerpo, sin el más leve rastro de
lágrimas.
Nunca supo que le observábamos dormir. Regresábamos a nuestras
habitaciones al amanecer, estábamos seguros de que no le hubiera gustado saber
que hacíamos aquello. La enfermedad llegó de repente. No sabemos si fue el
frío, o la ventana abierta, o la falta de gorro, o el cambio de estación. O era
el árbol monstruo que, llegados a ese punto, sin poder crecer mucho más, sin
hueco dentro para alargar sus raíces, empezó a enfermar. Las hojas se fueron
cayendo a pares, el riego habitual que las alimentaba dejó de ser suficiente y
se desprendían, amarronadas, como hojas de otoño. Las ramas parecían encoger. Y
a cada paso de Óscar iban perdiéndose más hojas, caían solas, por su propio
peso. Nosotros a veces las barríamos sin que se diera cuenta el niño. Pero lo
sabía, claro que se daba cuenta. Por mucho que le explicábamos que en
determinadas épocas del año hay árboles que pierden las hojas, él intuía que su
árbol no era de esos, y que perder las hojas no era bueno.
No podía hacer más que sentarse al sol, quedarse tan quieto como le
fuera posible, y extender las ramas y los brazos firmes para atrapar los rayos
de un sol que, allá arriba, posaba cada vez más apagado o cubierto de nubes.
Las flores, y esa era nuestra esperanza, no se cayeron. Permanecían tibias y
grandes, eran un total de cuatro las que le salían, hermosas, por la boca, y se
acomodaban detrás de la cabeza, como una corona dorada. Cuando Óscar tomaba el
sol inmóvil y le iluminaban la cara y las flores los rayos en oblicuo, parecía
el rey de los árboles, un rey con una corona de flores doradas. Era algo único
de ver. Pero el sol iba perdiendo fuelle a medida que avanzaba el otoño, cada
vez se repetían más a menudo los días nublados. Óscar tenía, por tanto, que
pasar cada vez más horas en el exterior, quieto, con las ramas estiradas, para
aprovechar cada brizna de luz. También cada noche dormía más y lloraba ríos
abundantes de agua salada. Teníamos, en aquella época del año, cada día menos
horas de luz.
Cuando terminó de llegar el invierno decidimos avisar al doctor. Lo
camuflamos lo bastante para que el niño nunca supiera quién era. Se lo
presentamos como alguien que había tenido también un árbol dentro y el niño se
creyó a pie juntillas la historia. Lo cierto es que el doctor lo hizo muy bien,
se inventó un personaje muy coherente, aprovechando esa cara de helecho que
tenía, esa barba que parecía musgo, y con ayuda de unas hierbas que utilizó para
teñirse la lengua de verde. Calculamos que Óscar ya estaba cansado, llevaba
muchos días así, con las ramas y los brazos estirados para captar el poco sol
que quedaba en el exterior. Estábamos seguros de que deseaba volver a ser como
los demás niños, que no podía con la carga de un árbol ya tan grande, y tan
enfermo. O tal vez fue un error quererle convertir en uno de los nuestros. Cómo
saberlo.
Aun así lo hicimos. Éramos los adultos. El doctor falso árbol le contó
cómo extraer la planta sin que ninguno de los dos sufriera. Se basó en su
experiencia, con lujo de detalles nos contó cómo lo había conseguido él,
incluso le enseñó al niño fotos de su supuesto árbol, creciendo ahora feliz en
las orillas de un río, tan alto y frondoso como cualquier otro. El doctor le
contó a Óscar que su árbol, con los años, llegó a dar frutos y que ahora
alimentaba a una familia entera. El niño escuchaba con todo el ahínco del que
era capaz, no le quedaban ya fuerzas ni para hablar, pero le brillaban
inmensamente los ojos mientras se acariciaba las ramas y los brazos y las
flores doradas.
Así que, esa misma noche, antes de dormir, Óscar nos dejó podarle. Con
toda la delicadeza de la que fuimos capaces cortamos sus ramas, con sumo cuidado
de no quebrar los brotes de las ramas altas, unos brotes hermosos que podían
conservarse en agua para, tal vez, generar nuevas hojas. Le podamos despacio,
entre todos. Óscar no dejaba de temblar. Dos de nosotros le sujetábamos las
manos y otros dos le secábamos las lágrimas que le caían al suelo a goterones
desde la nariz. El niño se quedó blanco cuando, para terminar, le cortamos las
flores de la boca y se las pusimos en las manos. Las tomó con respeto y las depositó
en agua junto a las ramas. Las flores permanecían, aún, erectas y bellas, igual
de doradas que siempre.
Le abrazamos entre todos, por fin sin clavarnos las ramas, qué
alegría, le subimos un palmo del suelo, después a dos, conseguimos incluso
levantarle entre todos. Óscar intentaba reír como nosotros, pero de la boca le
salía algo más parecido a un sonido gutural, una especie de eructo de madera.
Era tan agradable poder abrazar a Óscar sin pincharse con una rama que no
pensábamos en otra cosa. Cómo lo habíamos echado de menos. Se tomó sin rechistar
el brebaje que le había preparado el doctor falso árbol para expulsar, cuanto
antes y lo más enteras que fuera posible, las raíces de sus intestinos.
Nos fuimos todos a dormir. Al día siguiente iríamos a plantar con
cuidado los restos del árbol, tal y como nos había explicado el doctor que debíamos
hacer. Esa noche el niño cerró la puerta de su habitación y, por primera vez,
no pudimos espiarle en sueños. Pasamos la noche, en cambio, vigilando las ramas
del árbol en agua hasta quedarnos dormidos. Estábamos tranquilos. Cansados.
Dormimos tanto que nos sorprendió el mediodía. Pero casi nos hundimos de
amargura al abrir los ojos y comprobar cómo las flores del árbol en agua, horas
atrás doradas, hermosas y húmedas, estaban ahora caídas, deprimidas, mustias. Las
ramas habían perdido toda la flexibilidad que tenían el día anterior, y ahora,
separadas de Óscar, no eran más que madera dura y llena de astillas. Corrimos
hacia la habitación del niño, tuvimos cuidado de no derribar entre todos la
puerta. Óscar estaba tumbado en su cama, en posición fetal, parecía dormir
tranquilo. No le habían crecido más ramas ni flores. Nos cogimos de las manos
con emoción contenida y nos acercamos despacio. Le acariciamos suavemente las
mejillas, los brazos, las piernas, el pecho. Incluso su piel había recuperado
el color pálido de antaño, antes de la semilla. Óscar respiraba tranquilo,
ajeno a nuestra alegría. Se fue despertando poco a poco, no lo incitamos a
ello, le esperamos, disfrutando de cada uno de sus movimientos de niño.
Pero se nos debió de helar la sonrisa en la cara cuando Óscar abrió
los ojos. Eso lo cambió todo. Sus ojos, aparentemente los de siempre, con el
mismo color y la misma forma, eran irreconocibles. Estaban apagados, sin brillo
alguno, opacos. Tan vacíos que daba una aprensión desgastada mirarle
directamente. Al tomar contacto con esos ojos nos invadió una tristeza
profunda, una tristeza tan grande, tan contagiosa, que solo quisimos morirnos. Como
si la tristeza de Óscar estuviera en el aire y nos impregnara la piel y las
vísceras. De repente solo teníamos ganas de enterrarnos los unos a los otros,
escondernos, taparnos y cubrirnos con mucha tierra por encima, aplastarnos bien
abajo del todo, en la oscuridad. Echar raíces y dejarnos comer por los gusanos.
De eso tuvimos ganas a partir de entonces.
El cuerpo secreto, 2015

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