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Autrui - Juan José Arreola

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  Lunes . Sigue la persecución sistemática de ese desconocido. Creo que se llama Autrui. No sé cuándo empezó a encarcelarme. Desde el principio de mi vida tal vez, sin que yo me diera cuenta. Tanto peor.      Martes. Caminaba hoy tranquilamente por calles y plazas. Noté de pronto que mis pasos se dirigían a lugares desacostumbrados. Las calles parecían organizarse en laberinto, bajo los designios de Autrui. Al final, me hallé en un callejón sin salida.      Miércoles. Mi vida está limitada en estrecha zona, dentro de un barrio mezquino. Inútil aventurarse más lejos. Autrui me aguarda en todas las esquinas, dispuesto a bloquearme las grandes avenidas.      Jueves. De un momento a otro temo hallarme frente a frente y a solas con el enemigo. Encerrado en mi cuarto, ya para echarme en la cama, siento que me desnudo bajo la mirada de Autrui.      Viernes. Pasé todo el día en casa, incapaz de la menor actividad. Por ...

Algo en la oscuridad- José Emilio Pacheco.

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  A Neus Espresate     PRIMER ACTO   Los anteriores ocupantes tuvieron que abandonar apresuradamente la casa. Hallamos un teléfono arrancado de cuajo, ropa esparcida, muebles en desorden, cartas, papeles privados, alimentos a medio consumir ya cubiertos de moho. Aunque no encontramos huellas de gatos ni de perros, había un cobertizo de madera en el traspatio. Al reordenar desnaturalizamos todo. Basta poner más a la izquierda una silla para que un cuarto ya no sea el mismo. Teníamos prisa por cambiarnos y era tan grave la crisis de alojamiento por la explosión fabril en la zona que en cuanto firmamos el contrato sólo pedimos que la inmobiliaria nos entregara la llave. No preguntamos por la zona ni por los antiguos inquilinos. A ellos, por lo visto, les tenía sin cuidado el juicio de quienes iban a reemplazarlos. Dejarlo todo en esas condiciones era muestra de una total despreocupación o una urgencia absoluta. —Piensan regresar —dijo Ester. —No lo creo. Alquilamos la c...

Las cosas hablan - María Elvira Bermúdez

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  Cierta noche de principios de diciembre una intensa nevada hería los campos tristes de una región de Chihuahua cercana a la carretera de Ciudad Juárez. La nieve había cubierto las ruedas y helado el motor de un automóvil en el interior del cual, tiritando de frío y preocupados, estaban Bruno Morán y su esposa María Elena. — ¿Qué hacemos? —decía Bruno—. ¡No podemos pasarnos aquí toda la noche! — ¿Por qué no? —sugería María Elena—. Es peor salir del coche y morimos de frío allá fuera. Aunque, puede suceder algo que… — ¡Tú siempre con esa imaginación alebrestada! Apuesto que ya estás urdiendo algún cuento. —No, Bruno. Pienso que nos hemos alejado del camino y que estamos cerca de una casa. Mira, allí se ve una luz. Morán sonrió con escepticismo y murmuró: —La lucecita que ven a lo lejos los niños de los cuentos que se pierden en el bosque… —Pero miró en la dirección indicada. Y en efecto, en medio de una masa negruzca advirtió un tenue resplandor. Preguntó: — ¿Te ani...