Orfandad- Inés Arredondo
A Mario Camelo Arredondo
Creí que
todo era este sueño: sobre una cama dura, cubierta por una blanquísima sábana,
estaba yo, pequeña, una niña con los brazos cortados arriba de los codos y las piernas
cercenadas por encima de las rodillas, vestida con un pequeño batoncillo que descubría
los cuatro muñones. La pieza donde estaba era a ojos vistas un consultorio pobre,
con vitrinas anticuadas. Yo sabía que estábamos a la orilla de una carretera de
Estados Unidos por donde todo el mundo, tarde o temprano, tendría que pasar. Y
digo estábamos porque junto a la cama, de perfil, había un médico joven,
alegre, perfectamente rasurado y limpio. Esperaba.
Entraron los parientes de mi madre: altos, hermosos, que llenaron el cuarto de sol y de bullicio. El médico les explicó:
—Sí, es ella. Sus padres tuvieron
un accidente no lejos de aquí y ambos murieron, pero a ella pude salvarla. Por
eso puse el anuncio, para que se detuvieran ustedes.
Una mujer muy
blanca, que me recordaba vivamente a mi madre, me acarició las mejillas.
—¡Qué bonita es!
—¡Mira qué ojos!
—¡Y ese pelo rubio y rizado!
Mi corazón
palpitó con alegría. Había llegado el momento de los parecidos, y en medio de
aquella fiesta de alabanzas no hubo ni una sola mención a mis mutilaciones. Había
llegado la hora de la aceptación: yo era parte de ellos.
Pero por
alguna razón misteriosa, en medio de sus risas y parloteo, fueron saliendo
alegremente y no volvieron la cabeza.
Luego vinieron los parientes de mi padre. Cerré los ojos. El doctor repitió lo que dijo a los primeros parientes:
—¿Para qué salvó eso?
—Es francamente inhumano.
—No, un fenómeno siempre tiene
algo de sorprendente y hasta cierto punto chistoso.
Alguien
fuerte, bajo de estatura, me asió por los sobacos y me zarandeó.
—Verá usted que se puede hacer
algo más con ella.
Y me colocó sobre una especie de
riel suspendido entre dos soportes.
—Uno, dos, uno, dos.
Iba
adelantando por turnos los troncos de mis piernas en aquel apoyo de equilibrista
sosteniéndome por el cuello del camisoncillo como a una muñeca grotesca. Yo
apretaba los ojos.
Todos rieron.
—¡Claro que se puede hacer algo
más con ella!
—¡Resulta divertido!
Y entre carcajadas soeces
salieron sin que yo los hubiera mirado.
Cuando abrí
los ojos, desperté.
Un silencio de
muerte reinaba en la habitación oscura y fría. No había médico ni consultorio
ni carretera. Estaba aquí. ¿Por qué soñé en Estados Unidos? Estoy en el cuarto
interior de un edificio. Nadie pasaba ni pasaría nunca. Quizá nadie pasó antes tampoco.
Los cuatro
muñones y yo, tendidos en una cama sucia de excremento. Mi rostro horrible,
totalmente distinto al del sueño: las facciones son informes. Lo sé. No puedo
tener una cara porque nunca ninguno me reconoció ni lo hará jamás.
Rio subterráneo,1979


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