Supervivencia del más apto-Rosa Beltrán
Desde que cumplí setenta
años, entreno a mi mujer todas las mañanas a fin de que, llegado el caso, pueda
asistirse en su viudez. Se podría pensar que es prematuro, pero las
estadísticas me confirman que mis previsiones tienen un fundamento: los hombres
nos vamos antes. ¿Y alguien se ha detenido a pensar en las banalidades de la
viuda cuando sus facultades menguan? La historia de la viuda alegre pertenece
al cine y la literatura. En realidad, las viudas se quedan ciegas, sordas,
cojas, etcétera. Una vez se supo del caso de una viuda amnésica que se empeñaba
en cobra su pensión a nombre de otra y pasó años sin conseguirlo. Mi mujer,
cuando oye estas historias, se aterra. Por eso he decidido entrenarla en el
arte del deterioro. Lo ideal sería ir de la cabeza a los pies, les digo, y la
alecciono sobre las ventajas de ir siguiendo una lógica. A ver, pensemos.
¿Cuáles son los verdaderos problemas de las viudas? Las tuertas, por ejemplo.
Apenas si logran que alguien repare en ellas. En general no las atienden, las mandan
a otras ventanillas. Podrían despertar un mayor interés si se decidieran por la
solución radical: o los dos ojos o ninguno. Optaremos por los dos. Mi mujer se
agita. Tranquila le aclaro, para está la profilaxis. Le pongo un paño grueso en
los ojos y le digo: adelante, ten ánimo. Más vale empezar a tiempo. Lo primero
es caminar por el cuarto sin que te tropieces. Ella da dos pasos y tira la
lámpara de piel. ¡Es que nunca antes he sido ciega!, se disculpa. Yo discrepo.
Para ser ciega eres pésima, le digo. No usas las yemas de los dedos ni
adelantas un pie. No comprendes que la esencia del desplazamiento del ciego es
huir del obstáculo. ¿ Qué tal si me
tiras encima la jarra de té caliente? ¡Pero si tú ya no estarás!, responde. Muy
bien, no estaré, pero ¿y quién me garantiza que no te arrojarás por la ventana?
Los ciegos palpan, tantean, abren bien los dedos tratando de emerger de las
aguas profundas de esa otra falta de memoria que es la ceguera. En cambio tú te
confías mucho. Crees que todo es cosa de improvisar. Ella busca una salida.
Dice que sabrá si corre peligro gracias al oído. Que tiene mucho más fino que
yo. Bueno, intentemos por ahí, le digo, no sea que te quedes sorda. Después de
ponerle tapones le ato unas cuerdas en los dedos anular y medio de las que
tiraré cada vez que alguien llame a la puerta. Piensa adaptarle un artefacto
que cumpla esta función cuando ya no esté. Tomé esta medida porque antes
probamos con un foco que encendía al accionar el timbre pero tardó horas en
darse cuenta. Cuando se lo hice ver, dijo que la razón era que se confundía: no
sabía si en ese momento era ciega o sorda. Tras varios intentos decidí atarle cuerdas por
todo el cuerpo: en una pierna, para avisar que algo ardía en la lumbre, en los
brazos, para indicarle que alguien venía subiendo por la escalera. Con todo,
fue mejor ciega que sorda. Le expliqué que si alguien se metiera a asaltarla no
tendría forma de defenderse. Aumenté el grado de dificultad con una mordaza que
le impedía gritar. Pero ella tuvo otra idea. Los pies, querido, dijo. Pienso
que ese sería mi verdadero Waterloo. ¿Cómo iría a cobrar la pensión si no
pudiera moverme? No pude más que
sonreír. Ya se ve la clase de viuda que serás. Inválida, pero avarienta. Procedimos.
Ella dobló una pierna y sujetándola por detrás con una mano me dijo: Mira,
podría caminar así, a saltitos. Le expliqué que las cojas tienen problemas
mucho peores que moverse o no moverse. De hecho, tienen mayores problemas que
las tuertas. Un cojo está condenado a la soledad, expliqué. Jamás verás cojos
en compañía de otros cojos. No son como los ciegos que suelen andar en fila
india, como un ejército desorientado pero solidario. Hay escuelas para ciegos,
tours de ciegos, pero ¿has visto excursiones de cojos? Tuvo que admitir que no.
Un cojo no es sólo un cojo. Es una fórmula compensatoria que va más allá del
pie: un cojo siempre está cojo de la compañía de otro. Un paralítico, en
cambio, es el centro de atención. Piensa y verás: no hay quien se niegue a
empujar una silla de ruedas, aunque lo haga de mal modo. A regañadientes se
hincó. Trató de avanzar de este modo pero el sobrepeso y las pantorrillas le
estorbaban. ¡Es que no puedo!, dijo.
Volví a sonreír. Ya verás que sin mí la vida no es tan sencilla como
parece. Y aún nos queda la parálisis, añadí. La conduje al lecho y la até de
pies y manos. Acostada en la cama sin poder desplazarse, ¿qué podría hacer?,
Podrías recordarme, sugerí. Me respondió: para qué. Para matar el tiempo, por
ejemplo. Si lo único que tendría sería el tiempo ¿para qué querría matarlo?,
dijo. Las viudas tienen una lógica implacable. Había que prepararla para cuando
la perdiera. A ver, haz de cuenta que no soy el que tú crees, ¿quién soy?,
pregunté. Eres ¡un visitante! No. Eres ¡un asaltante! No. Eres… ¡el perro! Cuando
se cansó, dijo: tú lo que quieres es volverme loca. Está bien, admití, dejemos
este ejercicio. No conocerás esta herramienta. ¡No, por favor!, suplicó,
continuemos, te lo ruego.
Los locos son convincentes hasta ese grado en que aun rebelándonos, acaban por tener la razón.
Amores que matan, 2008

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