Bajo un cielo ajeno- Bernardo Fernández BEF

 



A la memoria de Alfredo Brigada

 

Aquella, como casi todas las noches, Juan Brigada soñó con el río de Cuicatlán.

Al fondo se erguían las montañas rojizas que rodeaban su valle natal y que tanto le recordaban las de este lugar, con las palmeras a sus pies enmarcando el lecho del arroyo. Arriba, el cielo era de un azul que sólo había vuelto a ver mientras soñaba; abajo, las aguas tenían una transparencia perdida para siempre.

Frente a si, podía ver sus manos de niño jugando con unas libélulas que zumbaban entre las piedras de la orilla. A través de sus alas la luz se descomponía en colores brillantes.

Lo despertó el zumbido del reloj. Cuatro cuarentaicinco, cuatro cuarentaicinco, recitaba en español una voz de acento neutro. Juan se estiró para desperezarse lo más que pudo dentro del sarcófago dormitorio. Luego inició la secuencia de baño.

Un chorro de vapor tibio roció todo su cuerpo con una sustancia nanojabonosa. Las partículas inteligentes del champú se deslizaron sobre su piel, absorbiendo los cúmulos bacteriales que generaban mal olor, las partículas lípidas y los fosfatos excedentes, dejando a su paso una micropelícula lubricante sobre los poros. Al terminar, el fluido se vaporizaba para ser reabsorbido por los aspersores. Una espuma astringente roció la cara de Juan, disolvió el poco vello facial antes de evaporarse, y dejó una sensación de ardor sobre el rostro.

Finalmente, una nube de loción desodorante lo dejó listo para vestirse. Se deslizó fuera del sarcófago para buscar el overol en el cajón donde lo había depositado antes de dormir, para ser lavado.

En los cientos de niveles del dormitorio colmena, miles de trabajadores salían de los huecos de las paredes igual que Juan. Los sarcófagos eran desinfectados mientras se iban vaciando para esperar a su ocupante por la noche.

La mañana marciana recibió  a Juan con un beso helado. Camino al metro, él deslizó la mano en su bolsillo para encontrar sus últimas pastillas nutrientes. Las tragó en seco. No había dinero para comprar un café en la máquina expendedora.

 

Primero llegaron los ricos. Gringos, ingleses, franceses, japoneses, alemanes. Con sus naves y sus máquinas y sus bases de investigación y sus procesos terraformadores y sus condensadores de humedad y sus robots obreros y sus satélites escudriñando el planeta, comunicando a los colonos con las estaciones orbitales y la Tierra. Más adelante aparecieron los australianos y los canadienses y los suecos y los daneses y los noruegos para poblar las primeras zonas urbanizadas del planeta. Después de ellos, los chinos y los coreanos y los israelíes y los hindús y el resto de los europeos a consolidar las ciudades marcianas, los centros industriales y las granjas hidropónicas.

            Al final planetizaron los homies, como se autonombraban los habitantes del tercer mundo: gringos negros, árabes, pakis, mexicanos, brasileños, argentinos, africanos, serbios, haitianos, ucranianos, dominicanos y peruanos a limpiar el mugrero de todos los demás y hacer las tareas que ni los robots aceptaban.


A lo lejos brillaban las últimas luces de los edificios de Ciudad Esperanza. El cielo malva disolvía lentamente el tapiz nocturno. Apretujado en el vagón neumático,  a Juan le gustaba ver el amanecer desde las ventanillas antes de que el tren suburbano fuera tragado por la red de túneles; eran los únicos minutos que tenía para saludar al sol.

            Sumido en la soledad colectiva, escuchaba conversaciones susurradas en swahili o portugués. Los audífonos de algún pasajero dejaban escapar un poco de música: algo de hip-hop árabe, una canción de rock en croata.

            A veces, para entretenerse, Juan contaba el número de razas diferentes que viajaban en esa misma ruta. Su récord era dieciséis. Cada una con su idioma. Nunca se había topado con otro zapoteco.

            Cuando el convoy llegó a la estación central, Brigada bajó junto con la multitud para transbordar a su ruta de reconexión. Caminó por los pasillos entre millones de hombres  y mujeres; era un sujeto menudo y moreno que se diluía entre una multitud de piel oscura y algunos pocos de tez clara, en un lugar donde el color era casi un indicador económico.

            Recargado en una columna, un anciano armenio tocaba los restos de un violín con una vieja prótesis militar de plástico. Desgranaba un canto de profunda tristeza que por unos instantes conmovió a Juan. No es que se pareciera a la música de la cañada oaxaqueña, pero compartía la melancolía de los pueblos sometidos.

            Pensó en deslizar su tarjeta en la terminal del anciano para darle unos cuantos microcréditos, pero no podía desperdiciar ni un centavo. Allá en la Madretierra su familia contaba con ese dinero.

            En el tren que lo llevaba casi hasta las puertas de su trabajo, menos atestado que el que lo traía desde las afueras, escuchó una voz familiar.

            <<¿Dónde vas, Juan Brigada?>>

            Era Benito Zacate. Su paisano. O casi. Benny, como se hacía llamar aquí, había nacido en la ciudad de México, en Iztapalapa. Era hijo de una pareja de mixtecos llegado desde Pinotepa a trabajar de obrero y empleada doméstica. Ninguno de ellos, ahora muertos, imaginó jamás que su hijo acabaría emigrando a Marte.

            << ¿Qué haces, pinchi Benito?>>, saludó Juan.

            <<Aquí nomás>>, sonrió mostrando sus encías encarnadas,<<yendo a jalar la carreta, tú. ¿Qué andas haciendo?>>

            <<Lo mismo, lo mismo>>, repetían esas palabas cada vez que se encontraban camino a sus trabajos, Benny en una maquiladora de biochips cerebrales, Juan en la planta de HumaCorp.

            << ¿Cuándo hay  baile, tú?>>, preguntó Juan por hacer plática.

            <<Por viene Mazacote y su Orquesta al Martian. Y Daddy Mangó, un negro que toca ska. Va a estar bueno. ¿Vamos? Tengo unas amiguitas jaladoras allá en la fábrica. Pakis, ellas. Chulas las cabronas. Hasta parecen mexicanas.

            <<Gracias, Benito. No hay dinero. >>

            << No seas llorón, pinchi Juanelo, ¿Pos cuánto ganas, tú?>>

            << Dos mil…>>

            <<Ahistá. Yo gano mil quinientos y no ando chillando. >>

            <<Es que mando pa mi pueblo. Las comisiones están recaras. >>

            <<Yo por eso ya ni mando. ¿A poco crees que aquélla me sigue esperando?>>

            << ¿No le dijiste que no había regreso?>>

            << De güey le dijo. No me deja venir. >>

            Rieron. De inmediato, el silencio llenó el espacio entre sus rostros. Por unos minutos ambos recordaron el viaje desde el cosmódromo de Los Ángeles, apretujados junto a miles de homies en las crisálidas de plástico, durmiendo un sueño criogénico de varios meses mientras su envoltura reciclaba su propio sudor y orines para mantenerlos vivos. Tres de cada diez inmigrantes no sobrevivían al viaje. Todos subían al cohete con la esperanza de estar entre el otro setenta por ciento.

            <<Aquí me bajo, tú>>, anunció Benny a manera de despedida.

            <<Sí, pues. Hasta mostan. >>

            <<Hasta mostan>>, y se fue.

            Juan canturreó << Dios nunca muere>> durante el resto del trayecto. La planta de HumaCorp estaba en el otro extremo de la ciudad, a las orillas del último círculo concéntrico que rodeaba el primer asentamiento humano en Marte.

            Hoppu, Hope City, Hoffnungstadt, Ville de l’Espoir, Citta di Speranza, Cidade de Esperanca, Ciudad Esperanza, La capital marciana, a orillas del Vallis Marineris, era llamada así en todas las lenguas humanas. Un sueño, la posibilidad de empezar de nuevo para los millones de ciudadanos terrestres que pudieran calificar los requerimientos migratorios.

            Juan había decidido aplicar tras enterarse, trabajando de ilegal en San Diego, de que se solicitaba un jardinero para el corporativo de HumaCorp en Marte. Concretamente, un jardinero oaxaqueño.

            La razón de un requerimiento tan caprichoso escapaba tanto a la compresión como al interés de Juan. Estaba en Ciudad Esperanza, pudiendo enviar buenas eurólares a Tomasa. Lo demás no importaba. Ni siquiera el hecho de no poder volver.

            La llegada del tren a la estación terminal, su destino, indicada por una sirena, sacó al zapoteco de su ensimismamiento. Descendió junto con el resto de los trabajadores para dirigirse hacia el gran edificio con forma de anémona, réplica de la sede de HumaCorp en Tokio. No habló con ninguno de sus compañeros. Nunca lo había intentado.

 

Kenji Tezuka, el maestro jardinero, era un anciano que había nacido en Japón pero emigrado muy joven a Vancouver, donde se había casado y tenido hijos. Fue por petición expresa del dueño de HumaCorp que se le había contratado para pasar sus últimos años supervisando los jardines ornamentales hidropónicos que decoraban los pasillos del corporativo. Juan era su asistente.

            El señor Tezuka se dirigía a Juan en inglés. Al viejo le simpatizaba el indio por su capacidad para comunicarse con las plantas. Además, eran tan trabajador que no parecía mexicano.

            <<Very well. Moy ben, niñou>>, solía decir el insular cuando Juan completaba alguna de sus consignas. Aquella mañana, tras pasar los ocho puntos de seguridad, Brigada lo encontró en el invernadero fumando uno de esos cigarrillos chinos de olor penetrante. Sin importar cuán temprano llegara Juan, el viejo ya lo esperaba.

            <<Bonos déas, good morning>>, saludó el anciano con su acento gringo. Como siempre, Juan respondió asistiendo.

            <<You’re not a hell of a talker, right, niñou? Fine by me, that’s what I like ‘bout you>>, añadió Tezuka, más para sí mismo.

            Como todas las mañanas, el anciano señaló a Juan sus actividades del día con señas. En esta ocasión debía preparar unos tallos de bambúes para hacer unos arreglos de ikebana. El oaxaqueño trabajaba las plantas como si las acariciara con sus delicadas manecillas color chocolate, mientras el anciano fijaba los tallos en el vaso suiban con las agujas kenzan.

            La mañana solía transcurrir sin que mediara palabra entre maestro y aprendiz, encerrados entre las plantas, iluminados por lámparas de neón en un ambiente de calurosa humedad que agradaba a Juan por recordarle su tierra natal. Aparte del goteo de los aspersores, el único sonido era la música de shamizen que el señor Tezuka escuchaba mientras bebía té verde. Maestro y aprendiz no necesitaban hablar para comunicarse con las plantas ni entre sí.

            Algunos robots auxiliares llevaban los arreglos al lugar donde serían colocados, regaban las plantas que decoraban las oficinas ejecutivas y realizaban las actividades rutinarias del invernadero. Había ocasiones  en que el señor Tezuka pedía a Juan que lo acompañara a poder algún helecho en los pasillos del corporativo.

            Cerca del mediodía sonó la señal que indicaba la hora del brunch. Un robot llevó hasta el anciano una charola de plástico con su almuerzo, un tradicional bento japonés compuesto de pelotitas de arroz rellenas de pasta de cangrejo, sashimi de pulpo criado en los estanques de la empresa y fideos de arroz fritos con salsa de soya. Era el momento en que Juan se levantaba, murmurando mientras su jefe comía.

            Formado en la fila de trabajadores de mantenimiento en la cafetería D, Juan lamentaba la sazón insípida de la comida preparada por los robots cocineros. Normalmente le servían una ración de verduras cocidas acompañadas por cerne de soya o pollo sintético con puré de papa y un trozo de gelatina.

            Aislado de los demás en una esquina, Juan comía despacio, paladeando los alimentos, tratando de arrancarles el poco sabor. Había domingos en que, cuando tenía una pequeño excedente, iba a Patchanka, una cadena de supermercados texanos en que se ofrecían alimentos del tercer mundo a todos los trabajadores homies que pudieran pagarlos.

            A diferencia de los ordenados autoservicios marcianos, aquí se ofrecían los productos en estanques repletos de contenedores desbordados que hacían recordar a los clientes sus países natales. A Juan lo hacían pensar en la tienda de la familia Osante, en el zócalo de Cuicatlán.

            Pero las mercancías del Patchanka, traídas de todos los rincones del tercer mundo, eran caras y malas. Alguna vez había comprado tortillas de maíz sólo para descubrir que estaban agrias. O cocas en botella de vidrio a las que se les había escapado el gas.

            Las frutas de su país como los mangos y las papayas eran totalmente impagables para él. Una sola ocasión, entre varios oaxaqueños, todos amigos  de Benny, habían comprado una botella de mezcal. Eran tantos que apenas le tocó a cada uno un sorbo cargado de recuerdos.

            Cuando Brigada terminó su comida, depositó la charola en la banda sin fin que la llevaba a lavar para volver de inmediato al invernadero.

            Halló  al señor Tezuka bebiendo un poco de Wild Turkey en una vasito de aluminio. Sólo algunos ejecutivos de alto rango y el maestro jardinero tenían derecho a ingerir alcohol dentro de la planta. <<Some malt for the soul, niñou>>, dijo el japonés al indio, sin que éste entendiera. Era un oriental de costumbres agringadas.

            El resto de la tarde transcurrió sin que volvieran a intercambiar palabra alguna, con la música de shamizen rellenando el silencio. Maestro y aprendiz se dedicaron a anudar tallos de bambú hasta que llegaron las cinco de la tarde, hora en que el viejo se servía una última taza de té que apuraba rápidamente antes de despedirse del oaxaqueño.

            <<Well, time’s up, kiddo. See you tomorrow. >>

            Siyu-tumorra, eran las palabras que indicaban el fin de la jornada. Entonces Brigada veía al viejo dejar los guantes y el jubón para ponerse su abrigo y salir rumbo al estacionamiento de ejecutivos. Era el momento en que el zapoteco le tocaba limpiar el taller, aceitar la herramienta y dejar todo ordenado para la siguiente jornada.

            Salía casi media hora después, entre el torrente de la multitud que abandonaba el edificio a contraflujo de los que llegaban para sustituirlos en el segundo turno.

Un par de horas después, al bajar del metro cerca del dormitorio que tenía asignado, Juan Brigada decidió entrar a un locutorio para escuchar sus mensajes.

            La distancia entre los dos planetas impedía la comunicación instantánea. Un fastidioso desfase de varios minutos había popularizado el videocorreo entre los inmigrantes de todos los niveles. Juan tenía una cuenta gratuita de Goomail que checaba cada dos o tres días.

            <<Un mensaje nuevo>>, leyó en la pantalla, dentro de la cabina individual. Como cada vez que encontraba uno, el corazón le dio un vuelco. Dio clic a play y de inmediato apareció el rostro de Tomasa en la pantalla, los grandes ojos negros, el cabello negro por debajo de los hombros, los labios cremosos como helado de chocolate.

            <<Hola, tú>>, dijo a la cámara. <<¿Ónde andas?>>

            Se rio en la pantalla. Juan hizo lo mismo.

            <<Juan, tan güey. Si vieras como te extraño. El otro día me llegó tu mensaje. Estas reflaquito. ¿Qué no te dan de comer?>>

            Sonrió, mostrando una hilera de dientes blanquísimos como Juan nunca había visto en todo Marte.

            <<Pus las cosas es que he seguido ahorrando un poco del dinerito que mandas. No mucho, tú, sólo un poquito. ¿Quién sabe? A lo mejor junto un día para irme contigo. >>

            Al fondo Juan podía distinguir la iglesia del pueblo, a un lado del mercado.

            << El otro día me dijo la esposa del Beto que la gente no regresa de Marte, que se quedan por allá. Yo no le dije nada, pero sentí una lagrimita acá, bien adentro>>, dijo señalándose el pecho. A Juan se le escapó una gotita de los ojos que rodó por su mejilla morena.

            << ¿Uno destos días me llevas contigo? Para cantarte por las noche y hacer un chocolatito de agua cuando te vayas a trabajar. Para esperarte con tasajo y pancito de huevo todas las noches. Para que el niño no crezca sin papá…>>

            Esta vez, la que lagrimeó fue ella. Bajó la vista para añadir con voz entrecortada.

            << Bueno, tú, ya me voy. Cuídate muchos desos marcianos. Y dime algo, no seas diatiro cabrón, que tengo un huevo el corazón que sólo se llena cuando te veo en el monitor. >>

            Parecía que iba a decir algo más, pero el mensaje terminó. Juan hubiera querido contestarle algo pero su saldo se había agotado.

            De cualquier manera, las lágrimas se lo habrían impedido.

<<Dicen que van a otorgar visas a los familiares de los residentes>>, dijo Wilson, un mecánico peruano que vivía dos niveles arriba de Juan, en el mismo dormitorio.

            << Eso dicen siempre. Nunca pasa nada>>, contestó Marcelo, un argentino de más abajo, que lavaba platos en un restaurante coreano.

            Juan permaneció en silencio. Los tres observaban los cohetes despegar a lo lejos, en uno de los cosmódromos. Navíos llenos de mineral marciano enviado a la Tierra. Su único pasatiempo antes de zambullirse de nuevo en sus respectivos sarcófagos.

            Wilson aplastó la colilla de su cigarro. Marcelo apuró el café que bebía en una taza desechable. Juan estuvo a punto de decir algo pero el despegue de otro cohete lo calló.

            <<Dicen que habrá una guerra. Algo de los chechenos contra los sirios. O de los hindús contra los chinos. Ha habido atentados en Armenia y Cataluña>>, dijo el peruano.

            << Es por el agua, ¿no es cierto?>>, contestó el argentino.

            << En Cuicatlán hay mucha>>, pensó Juan.

            << Te gustaría volver>>, preguntó Wilson a nadie en especial.

            << No podés volver. No hay nada ashá>>, contestó Marcelo.

            Juan pensó en Tomasa. En su hijo.

            << Y te traerías a tu familia?>>, repuso Wilson.

            << Y una mierda. ¿A qué?>>

            << Sí, a qué…>>, concluyó el peruano.

             A lo lejos, otro cohete se alejó aullando hacia Madretierra.


Juan se acomodó en el sarcófago. Se estiró, bostezando, antes de cerrar los ojos. Cuando la voz neutra del sistema operativo le ofreció alguna pastilla para dormir (por un pequeño cargo extra a su cuenta), Brigada la rechazó. Se recostó y pensó en Tomasa, podía verla frente a él, con Alfredito en sus brazos. ¿Cuántos años tendría ahora? ¿Tres, cinco? Se imaginó alargando la mano, tocando las mejillas de su mujer. Se vio a sí mismo caminando junto a los dos, mientras chupaban una nieve de limón. Recordó el sabor del mezcal y los chapulines, de las tortillas recién hechas en comal de barro y el aroma del café de olla. Se saboreó el recuerdo del mole negro y los frijoles caldosos, del queso fresco y los tamales de iguana envueltos en hoja de plátano, sintió el viento de su pueblo acariciarle ardiente el rostro y las aguas heladas el río envolverlo en un abrazo al momento de zambullirse, siempre cobijado por su cielo azul, tan diferentes a ese cielo ajeno de color rosado, tan lejos de esta ciudad de concreto en medio de un desierto rojo, rodeado de armenios y chinos y negros y árabes y peruanos y bolivianos y robots sirvientes y ejecutivos japoneses y gringos canadienses y alemanes que lo veían con asco o indiferencia como a todos los homies de piel oscura y no tan oscura.

            <<Hasta mostan, tú>>, le dijo a Tomasa antes de cerrar los ojos.

            Aquélla, como casi todas las noches, Juan Brigada soñó con el río de Cuicatlán.


Escenarios para el fin del mundo, 2015

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