Dentro de ti, el ruido- Carolina Luna

    


     De nuevo el ruido insoportable, y tú ya no sabes que hacer. Pronto amanecerá y apenas has dormido cuarenta minutos.  

Pero es inútil buscar de dónde proviene, acechaste por la ventana y no son tus vecinos, fuiste a la cocina y no es el gato. Revisaste la televisión y el estéreo, están completamente apagados; incluso reconoces el rumor de la nevera. Pero nada, el ruido no se detiene; ni siquiera es tan fuerte, tampoco inaudible; pero eso sí, muy persistente, ¡qué persistente!                                                                                                         

Regresas a las sábanas pensando que ahí te entrará sueño. Con la almohada te cubres los oídos, la aprietas contra tus sienes, húmedas en exceso por un líquido hirviente que te lacera.                                                                                                                      

Sientes los ojos hinchados y muy abiertos. Te arden, te pican, te estorban.             

Sacas la cabeza debajo de la almohada, te acuestas boca arriba y respiras acompasadamente creyendo en todas las idioteces de la relajación y el yoga; no cuentas con que arriba de ti el techo crece, se hace ancho y profundo, tan profundo que ya no es el techo de tu cuarto sino un pozo, cuyo único objeto es que te consumas en él. Entonces piensas que su humedad disminuirá la quemazón que sientes, pero con todo, nada se suprime, todo se conjuga de manera que tu organismo se convierte en un volumen retorcido, donde el cerebro te ocupa de la cabeza a los pies, expandiendo su rimo, mientras que una sola cosa te enloquece: el ruido inaguantable.                                                                                                            

El pozo y la quemazón se esfumaron de repente. Ahora el techo es techo y las sienes vuelven a su temperatura normal.                                                                                        

Aguardas el amanecer porque el ruido no cesa y crees que como los demonios huirá a los primeros rayos del sol.                                                                                                  

Llegan el día y los ruidos ordinarios. Tú sientes uno propio y no sabes si sentirte orgulloso. Es tuyo y el sol no te lo quitó. Así como tampoco la sensación de agua fría en el cuerpo logró despojarte de él. No te incomodes por los demás, el ruido es discreto, a nadie estorba, enloquece o martiriza; solo a ti.                                                      

Te miras al espejo y pareces un cadáver. El peine es en vano.                                      

Soportas tu ruido, no del todo, pero mientras te oprimes las sienes, sonríes pensando que con el tiempo se hará música.                                                                            

No debes desesperarte, ni horrorizarte; no debes, tampoco, intentar apagarlo, callar al gato o a los vecinos, porque ese ruido está en ti.                                                                                                                              

Así que, no te odies. Haces bien en salir a la calle para tratar de opacarlo con otros ruidos: lo consigues en parte.                                                                                            

Ahora ves un puesto de carnitas y piensas comer con tu ruido, que junto al hambre es inofensivo. Comes con gusto, aguzando el oído para llenarte con la música del radio y así volver a buscarlo.                                                                                                        

Caminas un poco desgarbado por la mala noche. Tu cuerpo pudo tornarse un lugar inhabitable, pero bien cierto que el hombres es un animal de costumbres y tú ya te acostumbraras a tu mascota cerebral.                                                                               

De pronto, sientes náuseas y estallan mil cristales en tu cerebro.                                     

Después de romperse todos, en el silencio, hay un ruido que sobreviene. Ahora, la mascota cerebral creció a tal punto que aúllas de dolor en plena calle. Fuerte y más fuerte, muy intenso; darías la vida por callarlo. Cruzas demasiado rápido; en consecuencia, un auto te proyecta contra un poste.                                                              

Desapareció el ruido, siempre supe que darías la vida por silenciarlo.Pero mejor no haberlo intentado; te dije que el ruido estaba dentro de tí. Viéndolo bien, al mirarte en el espejo está mañana si parecías un cadáver. 


El caracol, 1993

Ilustración. Cristina Spanò



Carolina Luna (Mérida, Yuc. 1964).Escritora yucateca. Publicó los volúmenes de cuentos Nocturno (Ediciones de La Gorgona, Mérida 1990); Límites de la sangre (Universidad Autónoma de Yucatán, Mérida, 1991); Cuentos de sangre para antes de dormir (La Hoja Murmurante, Toluca); El Caracol (Instituto de Cultura de Yucatán, Mérida 1993) Prefiero los funerales (Fondo Editorial Tierra Adentro, Conaculta, 1996; reimpreso en 2001) El matagatos y otros cuentos (Universidad Autónoma Metropolitana, México, D.F., 2002) Y Los espacios que nos ocupan ( Conaculta, Col. El Guardagujas, México. D.F., 2004).

Integrante del Centro Yucateco de Escritores. Premio y Mención de Honor en el Certamen Nacional de Cuento convocado por la revista La Pluma y El Jaguar de la Universidad de las Américas en Puebla (1990); Primer lugar en el Premio Estatal de Cuento organizado por el Instituto de Cultura de Yucatán y Mención honorífica en el Certamen de Literatura Antonio Mediz Bolio (1990); y Mención de calidad en el Primer Concurso de Narrativa Erótica “Papanicolau”, convocado por la revista El Correo Chuan de Monterrey (1998). Becaria del Centro Yucateco de Escritores, (1992), del Fondo Estatal para la Cultura y las Artes de Yucatán en la categoría de Jóvenes Creadores y de trayectoria (1993, 1996, 2005), del Fondo Nacional para la Cultura y las Artes (1997), y del Centro de Escritores Juan José Arreola, Casa Lamm (2000).Falleció en  Mérida, Yucatán el 18 de noviembre de 2018.

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