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Lo secreto - María Luisa Bombal

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  Sé muchas cosas que nadie sabe. Conozco del mar, de la tierra y del cielo infinidad de secretos pequeños y mágicos. Esta vez, sin embargo, no contaré sino del mar. Aguas abajo, más debajo de la honda y densa zona de tinieblas, el océano vuelve a iluminarse. Una luz dorada brota de gigantescas esponjas, refulgentes y amarillas como soles. Toda clase de plantas y de seres helados viven allí sumidos en esa luz de estío glacial, eterno… Actinias verdes y rojas se aprietan en anchos prados a los que se entrelazan las transparentes medusas que no rompieran aún sus amarras para emprender por los mares su destino errabundo. Duros corales blancos se enmarañan en matorrales estáticos por donde se escurren peces de un terciopelo sombrío que se abren y cierran blandamente, como flores. Veo hipocampos. Es decir, diminutos corceles de mar, cuyas crines de algas se esparcen en lenta aureola alrededor de ellos cuando galopan silenciosos. Y sé que si se llegaran a levantar ciertas caracolas grise...

El coco - Stephen King

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—Recurro a usted porque quiero contarle mi historia —dijo el hombre acostado sobre el diván del doctor Harper. El hombre era Lester Billings, de Waterbury, Connecticut. Según la ficha de la enfermera Vickers, tenía veintiocho años, trabajaba para una empresa industrial de Nueva York, estaba divorciado, y había tenido tres hijos. Todos muertos. —No puedo recurrir a un cura porque no soy católico. No puedo recurrir a un abogado porque no he hecho nada que deba consultar con él. Lo único que hice fue matar a mis hijos. De uno en uno. Los maté a todos. El doctor Harper puso en marcha el magnetófono. Billings estaba duro como una estaca sobre el diván, sin darle un ápice de sí. Sus pies sobresalían, rígidos, por el extremo. Era la imagen de un hombre que se sometía a una humillación necesaria. Tenía las manos cruzadas sobre el pecho, como un cadáver. Sus facciones se mantenían escrupulosamente compuestas. Miraba el simple cielo raso, blanco, de paneles, como si por su superficie des...

Los veraneantes- Shirley Jackson

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La casa de campo de los Allison, a siete millas de distancia del pueblo más cercano, se erguía airosamente sobre una colina; desde tres de sus lados se divisaba una extensión cubierta de hermosos árboles y de una vegetación que casi nunca, ni siquiera en pleno verano, aparecía agostada y seca. En el cuarto lado estaba el lago, que llegaba hasta el embarcadero de madera que los Allison no se molestaban ya en reparar y que se divisaba igualmente bien desde el porche delantero, el porche lateral o cualquier lugar de la rústica escalera que conducía desde el porche hasta el agua. Aunque los Allison estaban profundamente enamorados de su casita de verano, esperaban con ansia que llegara el buen tiempo y odiaban tener que marcharse en otoño, no se habían preocupado por introducir mejoras en ella, considerando que la casita en sí y el lago eran una mejora suficiente para el tiempo que les quedaba de vida. La casita no tenía calefacción, ni agua corriente, ni electricidad. Durante diecisiete v...